sábado, 21 de julio de 2012

Como los buenos vinos...


Últimamente, por no decir  después de los 35, me encontré diciendo frases como: “Yo ya no estoy para estas cosas”, o “ya no estoy para perder el tiempo porque sí”. ¿No las dicen ustedes? Porque en  mi caso, cuando no las digo yo se las escucho a mis amigas. ¡Y sí! Una tiene una edad, que no sólo siente que ya no está para hacer ciertas cosas, sino que tampoco tiene ganas de hacer otras. Aunque también, hay momentos en el que el cuerpo nos susurra al oído: “¡Estás loca, ya el físico no te da para esto!”
Pensar que una, en algún momento de su vida, pudo estar varias noches seguidas sin dormir, estar de joda hasta las nueve de la mañana, hacer noches de rondas, calzarse una minifalda con 0º grados, dormir tres horas y levantarse fresca y radiante. Tener vacaciones descontroladas donde se almorzaba a las cuatro de la tarde y se dormía la siesta de 22 a 1 de la madrugada para estar radiante en el boliche.
Hoy sino duermo como mínimo ocho horas, estoy estúpida todo el día, tengo unas ojeras que me puedo hacer con ellas una bufanda, mis neuronas pueden comenzar a conectarse después de tomar al menos una pava de mate y tres capuchinos. Sin olvidarme que desde que me tengo que levantar a las cinco y media de la mañana, comencé hacerme devota de “Santa Siesta”. Si salgo de noche, hay un momento que no necesito mirar el reloj, lisa y llanamente siento que unas radiaciones magnéticas me atraen hacía mi casa y empiezo a desear a mi cama desesperadamente. Con el frío que está  haciendo en la ciudad, salgo vestida como una cebolla, ya deje de tener cuero en vez de piel. Es más me he convertido en un oso, durante el invierno, me quedo en la cueva.
Así como cambian los estilos de vida, cambian los amores. ¿Por qué digo esto? Porque hace unos días me ocurrió algo que me hizo pensar en estas cuestiones.
Iba caminando por la calle, muerta de frío, con ganas de llegar a mi casa. Cuando de repente, sin saber cómo, me encontré con él, Alejandro. Un flaco con el que tuve una historieta amorosa. Fue hace cinco años. No fue la mejor aventura romántica que tuve y la verdad, fue de esos hombres que una olvida fácilmente. Pero ahí lo tenía, en frente de mí, hablando de su vida y haciéndome un interrogatorio policial acerca de la mía.  Mientras tanto, buscaba la manera de seducirme, hasta que directamente me invito a salir. Situación que me puso incomoda. ¿Cómo se le dice a  un hombre qué ni loca, ni mamada vuelvo a salir con él?  Le respondí que no podía, que no estaba sola.  Le importó poco, pareció como que no escuchó lo que le dije. Se puso insistente. Así que me puse hablar de cualquier cosa y me disculpe porque tenía que irme.
Llegué a mi casa. Recordé cada momento vivido con él. Sobre todo el por qué deje de verlo. Cuando lo conocí estaba en una época en que la pasaba bien, estaba sola, no tenía intención de tener pareja. La primera vez que salimos me llevó a la costanera sur. Era una noche de verano, el clima estaba ideal. Las estrellas, el río. Todo muy romántico. Nos sentamos en la parecitas que dan al rio. Hablamos de la vida, me reí, pese a que la estaba pasando bien, algo en él no me cerraba. Después me pido seguir la charla en el auto. Ahí me dio un beso, quiso ponerse fogoso, pero yo me rehusé.  No dijo nada, se la banco como un señor. La segunda salida fue parecida, cuando llegó la situación automovilística esta vez se puso más ardiente, pero no al punto de tener sexo. Pese a que soy chiquita de cuerpo, me sentía incomoda, y él se empecinaba a que yo me convierta en una atleta de gimnasia artística o en una acróbata, no lo tenía muy claro, pero quería  que pongas mis piernas para un lado, mi espalda para otro, sentía que el volante se clavaba en una parte de mi cuerpo que  no podía identificar, hasta que me harte. Le dije que así no podía, que no daba en la calle hacer esas cosas, que yo no era una exhibicionista. Entonces fuimos a un hotel alojamiento, que se parecía al viejo tren fantasma del Italpark. En ese momento, pensé que por ahí estaba sin un mango, fue la única manera que encontraba para justificar la situación. El sexo, tampoco me resultó tan especial como para olvidarme donde estaba. La verdad que quería que ese timbre sonara con todas sus fuerzas y me avisara que el turno se termino.
Después empezó a mandarme mensajes, quería volver a verme y yo dilataba el tercer encuentro. En ese momento pensé que por ahí me estaba poniendo quisquillosa. Entonces salí otra vez. Se repitió, tal cual, a la segunda salida. Pero ésta empeoró un poco más, porque me hablaba mandándose la parte, no dejaba de hablar de los negocios que había hecho, de dinero. Mientras lo escuchaba me decía, “mucha plata ¿dónde? Si me trajiste de nuevo a esta cueva asquerosa porque no accedo a tener sexo en el auto, porque si no, ni acá me traes”. Esa fue la última vez que lo vi. La verdad es que me vino como anillo al dedo que él me confesara que estaba de novio. Me puso el motivo servido en la mesa para no verlo nunca más. Hasta que el otro día me lo crucé en la calle.
Ahora que recuerdo esta pequeña historieta, también se me viene a la cabeza las imágenes de cuando tenía 20 años. En ese momento, estaba súper enamorada del  hombre con quien tuve mi primera vez. Con él si hice el amor en el auto y no me importo nada. Pero, vuelvo a repetir, yo tenía 20 años. No sólo amaba a ese hombre y era más inconsciente, sino que también era más jovial, más atlética, podía estirar mi cuerpo y ponerme en cualquier posición sin que me doliera absolutamente nada. Es más, es el día de hoy que recuerdo con mucha ternura cada momento vivido con él.
Por eso digo, así como se cambia el estilo de vida, se cambian los amores. Yo ya no estoy para andar haciéndome la adolescente y tener sexo en el auto. Esto ya fue. Ni tampoco para salir y meterme en cualquier cueva. Ni mucho menos andar haciendo destrezas corporales. No soy una vieja chota, pero tampoco una adolescente que quiere experimentar todo el kamasutra. Cada cosa tiene su tiempo, su momento y su edad. Eso sí, me quedo con el ahora. Vivo mi sexualidad plenamente y he adquirido el conocimiento necesario para disfrutar el sexo sin necesidad de andar trepándome a ningún lado. Creo también, que las experiencias de vida, los años me han dando cierta sabiduría que no la cambio por nada. Por eso hoy, siento que soy como los buenos vinos. Mientras más añejos, mejor es su sabor.

Lola